
En los módulos experimentales de la INTA Valle Inferior, un equipo técnico trabaja desde hace años en un programa de mejoramiento por absorción genética que busca consolidar al Merino Dohne como base productiva regional, una raza reconocida por su doble propósito: carne de calidad y lana fina.
El eje del proyecto apunta a resolver una limitante histórica del sector: mejorar el rendimiento carnicero sin resignar valor lanero. A diferencia de muchas razas carniceras, que producen lana gruesa de bajo precio, el Merino Dohne ofrece fibra fina con demanda internacional, al mismo tiempo que alcanza pesos elevados al gancho. Los carneros adultos llegan a 102-120 kilos a los dos años, con rendimientos de 49 a 60 kilos de res, números que lo vuelven competitivo en sistemas comerciales.
Según explicó Ciro Saber, veterinario especialista del INTA Valle Inferior, «la combinación de volumen de carne y fibra de alto valor internacional convierte a esta raza en una alternativa estratégica para productores ovinos de la Patagonia, donde se necesita eficiencia y diversificación de ingresos». Además, remarcó que el desempeño del Dohne es especialmente interesante en ambientes con buena oferta forrajera, como los valles irrigados, aunque también muestra buena adaptación en zonas más áridas.
Otro punto fuerte es su aptitud materna, una característica clave para mejorar la señalada, ya que las ovejas muestran buena capacidad para criar y defender a sus corderos, un atributo que se observa rápidamente desde la primera generación de cruza.
En la Patagonia, la composición de los rodeos varía según la región. Mientras que en el sur conviven Corriedale y Merino, hacia el norte predomina el Merino Australiano, muy valorado por su lana fina pero con menor desarrollo carnicero. En el módulo experimental del INTA se trabajó justamente sobre esa dualidad, combinando la aptitud carnicera de razas como la Comarqueña con la calidad de lana del Merino, hasta encontrar en el Merino Dohne una síntesis productiva.
El proceso técnico se basa en la absorción genética, que consiste en realizar cruzamientos sucesivos entre animales puros de Merino Dohne y hembras Merino Australiano. El esquema avanza por generaciones: una primera cruza con 50 % de genética Dohne, una segunda con 75 %, y así sucesivamente hasta alcanzar animales considerados puros de pedigree, siempre que superen estrictos índices productivos y de calidad.
Cada generación es evaluada por peso al nacer, al destete, pre y post esquila, y por parámetros carniceros como el área de ojo de bife. Los machos deben superar los 115 puntos de valoración y las hembras los 100 puntos para incorporarse como reproductores. Los resultados ya son visibles: dentro del módulo experimental se alcanzaron hasta 140 % de señalada, un dato que entusiasma al sector.
«Hoy el piso genético del plantel ya no es el Merino Australiano, sino la segunda generación de cruza, y estamos avanzando hacia las siguientes etapas», señaló Saber. En ese camino, el Merino Dohne empieza a perfilarse como una herramienta clave para fortalecer la producción ovina regional, con animales más productivos, adaptados y con productos mejor valorizados en los mercados.





